Mitología Hispánica: El Ojáncano

La primera criatura de la mitología hispánica de la que voy a hablar es el ojáncano, también llamado ojanco, ojáncanu, patarico, juancano, jáncanu o pelujáncanu, según la zona. Tiene su origen en la mitología del norte peninsular, de Asturias y Cantabria, pero está muy extendido por el folclore castellano y por las regiones de etnia castellana o astur-leonesa, como es el caso de Andalucía y Extremadura. Se trata de un ser monstruoso de un solo ojo, similar a un cíclope, que habita las montañas fundamentalmente, un ser gigantesco y antropófago de aspecto aterrador.

Ojáncano

En la provincia de Jaén existe un pueblo llamado Arroyo del Ojanco cuyo nombre procede de esta leyenda. De esta forma describió el mito Andrés Martín Sánchez en el programa de las fiestas de San Francisco de 2004, las fiestas de la localidad. En texto original se puede consultar aquí

El Ojanco, ese ser mitológico con un ojo en la frente que da nombre a nuestro pueblo no es solo patrimonio de nuestra leyenda. Está relacionado con otros seres mitológicos iguales pero con diferente nombre en otras regiones de España: Asturias, Cantabria, País Vasco, Navarra, Las Hurdes y en La Mancha.
Empezaremos por Asturias. Aquí existe con el nombre del “patarico”. El “patarico” aparece citado por primera vez en el “Vocabulario del Bable Occidental” (1932). Afirman que la gente de la marina entre el Navia y el Eo creían que por frente a sus costas existía un país imaginario donde vivían los Pataricos, unos seres gigantes, antropófagos, con un solo ojo en la frente y dotados de un olfato fuera de lo común, siempre ávidos de carne de los cristianos que naufragaban en sus costas. Existen, aún, frases hechas relativas a la maldad de estos personajes. En algunos pueblos de Navia se dice: “Yas más malu que´l Patarico”. En esta región hay un dios supremo, denominado Lug/Lugus/Lugos…, al que los romanos identifican con Mercurio por ser maestro supremo de las artes y de las ciencias. Esta deidad presenta similitudes con el Odin/Wotan germánico: Lug cierra un ojo para realizar sus encantamientos y Odin es tuerto, ambos son patrones de la poesía y los dos están relacionados con los cuervos. En Cantabria aparece en una inscripción de Peña Amaya (Dibus magnibus Lucobos) y como nombre femenino (Lugua). Puede que perviva en el personaje de la mitología cántabra llamado Ojáncanu, un gigante cubierto de barbas y pelo rojo (color de la clase guerrera), de un sólo ojo (con el que paraliza a sus víctimas), que se alimenta de lobos y osos, de los que obtiene su fuerza y ferocidad, ataca los cultivos y ganados y rapta a las pastoras. Vive en zonas apartadas, su voz es como el bramido de la tormenta y resopla como los viejos jabalíes. Le acompañan uno o dos cuervos, que le informan y alertan de lo que sucede a su alrededor. Este personaje, con atributos semejantes a Lug en su aspecto guerrero, puede ser la pervivencia, demonizada por los cristianos, de uno de los principales dioses celtas.
Gigantes de un solo ojo también aparecen en la mitología cántabra, se trata del Ojáncano. Su aspecto es tan terrible como su conducta. Su rostro es redondo de color amarillento y con unas largas barbas de color rojizo. Los cabellos son también de color rojo pero menos intenso. Tiene un solo ojo en mitad de la frente el que se dice que vislumbra su odio y maldad. Este ojo brilla por la noche como si estuviera al rojo. Tiene diez dedos en cada pie, terminados cada uno de ellos en una uña acerada y potente.
Se cuenta también que tiene un pelo blanco entre sus estepas barba; este es el punto débil del ojanco ya que si se le arranca este pelo, muere inmediatamente.
La voz del ojáncano es a su vez tan terrible como si de un trueno se tratara y suena como un vendaval de invierno soplando en las montañas.
Los ojáncanos son tan fuertes que no hay peso imposible de levantar para ellos. Muchos de los árboles caídos a las orillas de los ríos cuando hay tormenta, los ha tirado algún ojáncano y es que cuando hay viento, se le enredan las barbas y estos enfurecidos descargan su ira con los árboles y con todo lo que pillan a mano.
Los ojáncanos se alimentan de las hojas y furos de acebo, de las ovejas y de las vacas que pastan por donde ellos viven. En alguna ocasión bajan a los valles y roban las panochas de maíz.
Estas criaturas habitan en grutas profundas cuya entrada está siempre disimulada por la maleza, arbustos y grandes rocas. Cuando los ojáncanos están aburridos se dedican a arrancar rocas de los montes y a colocarlas en las fuentes, en los atajos o en las puertas de los refugios. Otras veces, estropea los puentes, roba las ovejas y destruye el sembrado de los campesinos.
Se dice que el ojanco se puede transformar en un mendigo anciano, cuando hace esto entra en los pueblos y por las noches mata a las ovejas, a las gallinas y a las vacas, destruye los frutos y huye al amanecer antes de que nadie despierte.
En esta región también existe el mito femenino de la ojáncana, o novia del ojanco. Es una gran criatura de terribles rasgos físicos: carichata y macrocéfala, adornada con greñas de cabello oscuro, sucio y alborotado.
Con enormes y retorcidos dientes que surgen de su sobresaliente labio inferior imitando a los del jabalí y con una piel escamosa y agrietada.
Pero la más característica deformidad es el gran tamaño de sus pechos que caen alargados como bolsas y que pueden cargarlos a la espalda, acto que suele realizar cuando caza, está enfadada o huye.
Le gusta cazar a los niños que se pierden en el bosque, con los que se alimenta. Primero les roba toda la sangre, para ella el más exquisito licor, y más tarde los devora a dentelladas. Algunas veces se tiene que conformar con comer animales, que acumula, generalmente, en cuevas oscuras.
En los umbrales de estos lugares es donde algunos lugareños dejan carne o pan de mijo junto a cuencos de leche o sangre de animales confiando evitar sus continuas salidas de caza de hombres, niños y rebaños.
Algunas Ojancanas, como la que habitó en la cueva de Altamira, sólo muestran un ojo, lo que las convierte en el único caso de cíclopes hembras. Curiosamente, este ser tan terrible, siente un inmenso pavor ante la minúscula comadreja.
En el oriente de Cantabria existe una variante: La juáncana de siete villas Feroz, mezcla de mujer, osa y cabra, con un solo ojo, alas muy grandes y pechos enormes que cuelgan hacia atrás. Sale volando de su cueva a la caza de niños, a quienes lleva por los aires hasta una cumbre donde los devora crudos. Otras veces se divierte en orinar desde lo alto y cuentan que a quien le cae una gota en la cabeza se queda calvo sin remedio
Por estas tierras se rumorea que existen ojáncanos u ojancos en numerosas cuevas de Cantabria: en la Pinilla de Cayón, Santurce de Toranzo y Cieza de Torrelavega.
En el libro “Mitología de Asturias y Cantabria, entre los ríos Sella y Navia” (1991) se dice ver indicios del Ojáncano cántabro en Pendueles, en la cueva de los Ixáncanos o el miedo que se les metía a los críos con el Ixáncanu en La Franca (Rivadedeva) La Cueva de la Ixáncana (en Bohes Rivadedeva), etc.
¿No les suenan estas cuevas a la del Ojanco o de Siete Gibas?
En Euskadi también aparecen gigantes antropófagos con un solo ojo y apetito voraz hacia los cristianos: El Tártaro o Torto (en Nafarroa) o el Becut del valle del Baztán (Alto Garona).
En la comarca de las Hurdes, al norte de Extremadura, existen leyendas sobre estos seres. Aquí se les llama Jáncanas o Juáncanas. Son seres mitológicos que tienen apariencia de mujer y habitan en las cuevas, su rasgo principal es que tan sólo tienen un ojo en la frente, lo cual las emparienta con los cíclopes legendarios, con el “Ojancano” de Cantabria, con las “Janas” de la isla de Cerdeña o con nuestro Ojanco. Al poco tiempo de constituirnos municipios nos escribieron de esta comarca, Las Hurdes, para que les contáramos nuestra leyenda del Ojanco ya que en aquellas tierras tenían también leyendas sobre este personaje.
En Belmonte, Cuenca, también hay leyendas sobre el ojanco. Aquí algunas veces se presenta como un anciano que se convierte en serpiente para matar a las personas.
Para terminar citaré al padre Benito Jerónimo Feijoo en su obra enciclopédica “Teatro crítico universal”- Tomo segundo- Discurso segundo, escrita a mediados del siglo XVIII: “Se sabe que en ninguna parte de la Tierra hay Pigmeos, ni Ojancos, ni Hipógrifos, ni hombres con cabezas caninas, ni otros con los ojos en el pecho, ni aquellos de pie tan grande, que con él hacen sombra a todo el cuerpo, u otras monstruosidades semejantes”.

Una gran manera para conocer el folclore popular son los juegos de rol. En el caso de España tenemos la genial obra de Ricard Ibáñez, Aquelarre, un juego demoniaco y medieval basado en los mitos hispanos y que recomiendo encarecidamente. Además de aportar mucho desde el punto de vista recreativo, Aquelarre cumple una gran función educativa y de puesta en valor de estos mitos. Uno de sus suplementos, Bestiarium Hispaniae, es una valiosa fuente de conocimiento por su labor recopilando estos mitos, razón por la cual lo usaré bastante a menudo, pues me parece un buen punto de partida para profundizar más en cada una de las leyendas. Sobre el ojáncano, Bestiarium Hispaniae nos dice lo siguiente:

Gigante humanoide cubierto de pelo rojizo, con una larga barba que le llega casi a las rodillas. Tiene diez dedos en cada mano y cada pie, y tras filas de dientes en la boca. Para compensar tanto exceso, solo un ojo en mitad de la frente. Se dedica a cazar hombres, de lo que se alimenta, y cuando no los consigue caza y mata ganados y animales. Para muchos es la encarnación del mal, pues siempre está dispuesto a cometer fechorías. Sus grandes enemigas son las anjanas, que son las hadas buenas de La Montaña y saben cómo acabar con él: arrancándole el pelo blanco que tiene en la barba.

Sus hembras reciben el nombre de ojáncanas. Están cubiertas de pelo rojizo, como los machos, pero tienen dos ojos en lugar de uno. Sus dos enormes pechos les cuelgan casi hasta las rodillas, y cuando corren se los echan hacia atrás, a la espalda, para que no les molesten. Lucen dos enormes colmillos retorcidos, mucho más largos que los del macho. Son estériles y se reproducen de la siguiente manera: cuando un ojáncano ya está muy viejo, los de su misma especie lo asesinan y lo entierran bajo un roble. Al cabo de nueve meses, del cadáver descompuesto salen unos gusanos enormes, viscosos y amarillos de olor nauseabundo. Recogidos por las ojáncanas, son amamantados durante tres años con la sangre que sale de sus pechos hasta que se convierten en crías de ojáncano. Mientras se crían pueden morir si les roza en el cogote un murciélago, aunque pueden salvarse si se les da a masticar, cuanto antes mejor, una hoja de avellano untada con sangre de zorro.

Para saber más sobre esta criatura recomiendo el libro de Manuel Llano Merino Mitos y Leyendas de Cantabria y el de Gustavo Cotera Mitología de Cantabria.

Mi interpretación del mito

Con el paso del tiempo los mitos tienden a entremezclarse y en la zona donde se origina el mito del ojanco, las montañas del norte peninsular, se entremezclan las historias de los pueblos célticos como los astures y los cántabros, con los mitos germánicos traídos por los visigodos que repoblaron la región desde el valle del Duero en tiempos de Alfonso I de Asturias. Dado el barniz cristiano que fueron tomando los mitos, es bastante probable que en el mito del ojanco haya elementos tomados de dioses como Lug o Wotan, convenientemente demonizados.

Sin embargo, en líneas generales, por lo que sabemos de esta criatura, la descripción que se nos hace es la de un devorador, el equivalente a un jotum en la mitología nórdica. Se trata de una criatura que representa la destrucción, la agresividad, la hostilidad hacia los humanos civilizados, puesto que es antropófago. Habita en las montañas, es decir, en las zonas habitadas por pastores, cazadores y recolectores, donde la agricultura no se desarrolla… y acude a robar el ganado y amenazar las familias de los sedentarios. Se ve claramente al antítesis entre el modo de vida cazador-recolector frente a los agricultores, plasmado en el mito como ese miedo atávico a los primitivos.

El hecho de que se reproduzca mediante gusanos recuerda bastante al mito del nacimiento de la raza de los tuergos o torcidos, los populares “enanos”, que nacen de gusanos que se alimentan del cuerpo descompuesto de Ymir en el mito nórdico. El ojanco representa pues el mismo arquetipo que un bergrisar, un gigante de las montañas.

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Una respuesta a Mitología Hispánica: El Ojáncano

  1. Túzaro dijo:

    Si te interesa otra denominación, en Galicia le llamamos “olláparo”.

    Excelente blog. Saludos.

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