El Encuentro de Odín

En medio de un mundo materialista en el que la fatal arrogancia de los hombres occidentales desprecia todo lo trascendente, lo misterioso, lo oculto… cada vez son más los europeos que tienen sed de espiritualidad. Lo normal es empezar buscando esa espiritualidad en la cultura cristiana, pues es en la que todos nos hemos criados, el cristianismo ha dominado de manera hegemónica el pensamiento europeo en los últimos siglos y, aunque ha dejado de dominarlo, sigue siendo el camino espiritual que la mayoría de la gente asocia con Europa, que considera suyo o al menos, suyo por tradición.

Así pues uno busca a Dios, al dios único, omnipotente y todopoderoso en el que directa o indirectamente le han enseñado a creer, y lo busca a través de Cristo, a través de la revelación de los Evangelios, a través de la Iglesia Católica. Es lo más fácil, es el camino más transitado. Aunque hoy ser cristiano no es como antes, aunque en cierta medida el marxismo cultural, el “cientifismo” y las ideologías de la modernidad están arrinconándolo, aunque sólo unos pocos van a misa y muchos cristianos se avergüenzan de serlo, de llevar una medalla, un crucifijo, de rezar… lo cierto es que el cristianismo sigue siendo la senda espiritual más transitada.

El Viaje Espiritual

Cuando uno se ve decepcionado en este camino espiritual, el primer paso es achacar su decepción a la Iglesia como institución, a la corrupción de los hombres, al mal hacer de los sacerdotes y obispos. Muchos dicen que se alejan de la Iglesia para acercarse a Dios. Pues bien, el primer paso es ese: Cristo sí, Iglesia no. Alejado de la Iglesia uno busca a Cristo por sí mismo, lee la Biblia sin esperar a que otros se la expliquen y comienza a buscar esa espiritualidad que anhela en las diferentes herejías cristianas, como ocurrió en los últimos siglos medievales y durante la Reforma luterana. Ahora que el Papado ya no tiene el monopolio de la fe, ahora que la Iglesia ya no dispone del tradicional brazo secular del Estado para imponerse, las sectas cristianas afloran por todas partes.

Pero el siguiente paso es rechazar la propia idea de la revelación, buscar un conocimiento que va más allá de las Sagradas Escrituras, cuestionarse los dogmas, rechazarlos incluso y buscar a Dios libre de prejuicios. Estudiar otras religiones (normalmente del mismo tronco abrahámico) y pensar que tal vez Cristo no sea el camino, la verdad y la vida, o por lo menos no el único camino. Entonces se busca a Dios fuera del cristianismo y se llega a la conclusión de que no hay un único sendero para llegar a él. Es el siguiente paso: Dios sí, Cristo no.

El paso decisivo es cuando uno se cuestiona la propia idea de Dios. Muchos se pierden en este punto, acaban decepcionados con la idea bíblica del Dios único, todopoderoso y omnipotente y acaban por negar la divinidad totalmente. Adoptan una postura atea, nihilista incluso, y se aferran a ideologías salvíficas y materialistas desde el momento en el que niegan la posibilidad de lo trascendente. Otros buscan filosofías no teístas y buscan un camino espiritual diferente al de las religiones abrahámicas, por lo que muchos miran a Oriente, al budismo y a espiritualidades ajenas a su tradición cultural. Otra postura posible es no negar la existencia de Dios, sino su carácter benéfico, es decir, adoptar una postura malteísta. El dios de la Biblia, Jehová, en efecto existe, pero no es un dios bondadoso o misericordioso y no merece ser adorado. Salvo en el caso de los ateos, se llega al siguiente paso espiritual: Religión sí, Dios no.

Cuando uno llega al malteísmo sigue pensando como un cristiano y sigue teniendo la concepción maniquea del cristianismo entre el Bien y el Mal. Si descubre que Dios no es el Bien, sino el Mal, empieza a explorar aquellos caminos que tradicionalmente ha creído malignos, pensando que tal vez simplemente se trate de invertir los polos, buscar el Bien a partir de lo que le habían dicho que era el Mal. En principio uno bucea en lo que conoce, lee los Evangelios apócrifos, la mitología hebrea… descubre historias sobre una guerra en el Cielo, empieza a ver a los ángeles caídos como los buenos de la película y a partir de ahí toma contacto con lo que tradicionalmente se han denominado cultos demoníacos.

Llegados a este punto podemos distinguir varias corrientes: por un lado está lo que podríamos llamar el satanismo adolescente, es decir, Satán como un símbolo de rebeldía. El opuesto, el Eterno Adversario, se ve ahora como el pastor, el Anticristo frente a Cristo. En el fondo es un pensamiento cristiano, después de toda una vida, después de generaciones, siendo educados como cristianos, es prácticamente imposible pensar de otra manera. Ser satánico es ser antisistema. Muchos, en esa época de rebeldía, tienen una visión materialista y se inclinan por ideologías salvíficas antisistema, como el comunismo o el nacionalsocialismo, que en cierto sentido es el satanismo del siglo XXI. En el fondo es un mero rechazo al orden social, ya sea en lo material o en lo espiritual.

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Fuente del Ángel Caído en el Parque del Retiro (Madrid)

En muchos casos esto es tan solo una pose estética, cruces invertidas, pentagramas satánicos, el 666… simbología que provoca, pero que en la mayoría de los casos no se entiende bien y pocos profundizan más. El satanismo es más bien una anti-religión que una religión, es una religión en negativo, de rechazo al cristianismo, por lo menos en este estadio primitivo de satanismo adolescente, de rebeldía no ya contra la Iglesia sino contra el propio cristianismo. Es una manera de decirle al Dios cristiano (único Dios que se concibe) no te serviré. Destruye, pero no es capaz de construir nada, hasta que se da el siguiente paso, se profundiza más y se trata de dar una base teórica al movimiento de rebeldía original. Muchos leen la Biblia Satánica de LaVey, el individuo pasa de satánico a satanista, de un estadio primitivo a uno consciente, de la rebeldía a un sistema de creencias elaborado.

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Sigilo de Baphomet

Tal vez es una fase necesaria, tal vez gracias a ese satanismo adolescente se produce la descristianización y se abre un mundo de posibilidades que de otra manera no hubieran sido posibles, pero no deja de ser una reacción de quinceañeros cabreados con el mundo. Otra corriente es el satanismo, que como digo ya tiene una base filosófica, ya sea un satanismo ateo (Satán es un símbolo) o un satanismo teísta, que venera a Satán en lugar de a Dios, pero cree en la existencia de ambos. Se entiende a Satán como el dios del hombre, el eterno indulgente, el dios del pecado, porque los pecados siempre conducen a la satisfacción de los instintos y por lo tanto Satán sería el verdadero dios de este mundo, del mundo terrenal, del presente, de la verdadera naturaleza del hombre.

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Sigilo de Leviatán

El siguiente paso, propio de personas más cultas y más formadas, es el luciferismo. Lucifer es el Portador de Luz, el arquetipo del iluminador, del chamán primitivo, del mago… es Prometeo, el que otorga a los hombres la ciencia del Bien y del Mal. El luciferismo venera a Lucifer como un dios, el ángel caído es el verdadero benefactor del hombre, frente al Dios Creador, que es visto como un tirano. En todo esto subyace una visión cristiana, una dicotomía entre el Bien y el Mal, sólo que invertidos. Lucifer representa el Camino de la Mano Izquierda, es decir, buscar el conocimiento, la sabiduría, el crecimiento personal, la trascendencia sin ayuda de Dios y en última instancia la inmortalidad del individuo y su conservación tras la muerte. Frente al Camino de la Mano Derecha, que busca la comunión con Dios y fundirse con él, diluyéndose el alma en la Divinidad, como una gota de agua en el Océano.

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Sigilo de Lucifer

Aunque esto sigue siendo una visión cristiana de la vida, es quizás la puerta de entrada para buscar los antiguos caminos espirituales de nuestros antepasados. En su día yo no fui ni satanista, ni luciferino ni nada parecido, pero estudiar esto me ayudó a cuestionar cosas que tenía interiorizadas del cristianismo. Uno se da cuenta de que los demonios son en realidad antiguos dioses anteriores al cristianismo, que eran venerados como dioses por otros pueblos vecinos de los hebreos. La mayoría de los nombres del Diablo son en realidad nombres de otros dioses, como Baal, dios principal de los cananeos. Esto quiere decir que antes de la instauración del monoteísmo judío, los propios hebreos rezaban a muchos dioses y que fue el clero de Yahvé el que asoció el resto de dioses con espíritus perversos y malignos. Sin embargo ni el judaísmo, ni posteriormente el cristianismo, negaron la existencia de estos daimones (nombre griego para referirse a espíritus de manera genérica, no necesariamente malvados). La existencia de los demonios, reconocida por la propia Iglesia, implica el politeísmo. Sencillamente vemos a los demonios como malvados por la propaganda cristiana, por lo que llegados a este punto, invertido el concepto del Bien y el Mal, muchos adoran a los demonios pero cometen el error de mantener la visión cristiana sobre ellos. Sería la demonolatría, diferente del satanismo y el luciferismo.

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Una vez que se llega a este punto, el paso natural es adentrarse en el conocimiento de esos daimones, que tal vez no sean espíritus malignos, sino todo lo contrario, espíritus benéficos que protegieron a los hombres durante miles de años antes de la llegada del cristianismo. Una vez que se rompe con el monoteísmo y con el antagonismo entre el Bien y el Mal, uno se pregunta por lo que había antes del cristianismo, por esos dioses olvidados, por las antiguas filosofías, por la sabiduría de nuestros antepasados. Llega así a lo que se conoce como el paganismo.

Durante siglos la idea del paganismo como una religión unificada es fruto de la propaganda de la Iglesia, así como mezclar las viejas formas de espiritualidad con el culto a los demonios desde la perspectiva cristiana. Los viejos dioses eran vistos como demonios, como espíritus malvados, y la mitología se mezcla con las historias negativas. Las diosas del amor se convierten en diablesas de la lujuria y la perversión sexual, los espíritus de la naturaleza, en malvados espíritus que buscan la perdición de los mortales, etcétera. Cuando uno se adentra en el paganismo, el primer paso es desenmarañar todo un conglomerado de cosas, de propaganda y de tergiversaciones. Así mismo, darse cuenta de que dentro del paganismo se engloban muchas cosas, que ese fue un cajón de sastre en el que la propaganda cristiana metió cosas que nada tienen que ver entre sí.

Tristemente muchos se denominan paganos pero se quedan con esa visión propagandística, con la idea de los paganos como degenerados que se dedicaban a emborracharse y hacer orgías, a drogarse para entrar en estados alterados de consciencia… y perpetúan esos comportamientos, esa leyenda negra que la Iglesia Católica difundió. Así pues, cuando uno empieza a transitar las sendas paganas ha de tener cuidado de no mezclarse con este tipo de degenerados que, lejos de ser realmente paganos, están mucho más lejos de los valores de nuestros ancestros que la mayoría de los cristianos, en tanto en cuanto el cristianismo asimiló gran parte de la tradición anterior como propia. Por desgracia estos degenerados, autoproclamados paganos, abundan más de lo que deberían en nuestros ambientes.

Desenmarañar la madeja del paganismo es algo complicado y algo que llevó su tiempo a los primeros estudiosos de estos temas, en la mayoría de los casos ocultistas, que debían eliminar muchas ideas preconcebidas. Dentro del paganismo existen muchas sendas espirituales diferentes, nada tiene que ver la vieja religión egipcia, llamada hoy kemetismo en su reconstrucción moderna, con las tradiciones europeas, con el animismo africano, con las religiones prehispánicas de América… en cambio la Iglesia lo metía todo en el mismo saco de paganismo y en muchos casos, en lugar de tomarse el trabajo de desenmarañar la madeja, muchos grupos optan por denominarse simplemente neopaganos y tener una suerte de sincretismo panteísta y ecléctico o crear religión a la carta.

El Dios Oscuro

Como vemos es un camino largo el que lleva desde la disconformidad con el cristianismo dominante hasta encontrar un camino espiritual propio. Tanto es así que es muy fácil perderse por el camino y que muy pocos son capaces de sortear los numerosos obstáculos. Muchos buscan la Luz, entendida en el sentido cristiano, como la Verdad, la Salvación… por eso se centran mucho en el estudio, en ver qué decía tal o cual filósofo del pasado, en ver los textos como la Edda… todo esto es necesario, evidentemente, pero no es suficiente. La clave no está en buscar la Luz, sino en buscar la Oscuridad. No existe la Verdad, al menos no una verdad absoluta, no hay una revelación… sino que uno ha de mirar dentro de sí mismo, abandonar la visión de un dios exterior y mirar la divinidad interior que todos tenemos, no buscar la Salvación, sino el conocimiento y la sabiduría.

Cuando se llega a este punto uno siente que, al margen de lo que lee, estudia, conoce… al margen de lo que observa por los sentidos, lo que deduce por la razón mediante la lógica, existe un conocimiento más profundo que emana desde el interior de nosotros mismos. Por eso a pesar de que los templos fueron destruidos, a pesar de que los sacerdotes y líderes religiosos fueron asesinados, a pesar de que las arboledas sagradas fueron taladas, las bibliotecas quemadas… a pesar de que sólo conservamos un 10% de la sabiduría de la Antigüedad, la vieja religión vuelve a la vida. Es un conocimiento que llevamos dentro, que de alguna manera aflora, que resiste genocidios y persecuciones, que vuelve a resurgir. Algo que no nos enseña nadie, sino que de alguna manera sabemos.

Ese dios interior, ese dios oscuro, desconocido, cuyo nombre no conocemos, es al que nuestros antepasados llamaban Odín. Oðinn es sólo uno de los múltiples títulos o apodos que recibe el Dios de la Oscuridad, que significa maestro del éxtasis divino. La oscuridad no es el Mal, como la entiende el cristianismo (Lucifer es el Príncipe de las Sombras o el Señor de las Tinieblas). La oscuridad es aquello que no conocemos, aquello que está latente en nuestro interior, aquellas fuerzas que no sabíamos que teníamos y en un momento determinado afloran.

Muchos entienden de esa manera a Lucifer, porque es el arquetipo de iluminador, por eso se quedan en el luciferismo. Sin embargo Lucifer es entendido desde una perspectiva cristiana. En la tradición europea la figura del iluminador, del mago, del chamán… no es algo negativo, tenemos dioses que cumplen esa función como Prometeo, el titán amigo de los mortales, o Héspero, el lucero del alba, en la antigua religión griega. Lucifer es la versión romana de Héspero, Lux Ferre, el portador de luz. En origen el propio Lucifer era un dios, demonizado por el cristianismo. En la tradición germánica es Odín el que cumple esa función, el Camino de Odín es el Camino de la Mano Izquierda.

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Buscar la oscuridad, buscar el conocimiento y la sabiduría, es buscar a Odín, al dios oscuro. Es buscar auto-conocerse en primer lugar, mirar hacia el interior. La senda de Odín tiene que ver con el estudio, pero sobre todo tiene que ver con adentrarse en los rincones más profundos del propio ser, de la propia consciencia. Odín representa el Yo Superior, el estado más elevado de la conciencia. Por eso es tan difícil de seguir este camino, porque es un camino oscuro, poco transitado, prácticamente desierto y en el que acechan pruebas y peligros de todo tipo. Es un camino largo y es muy fácil perderse. El seguidor de Odín es como un vagabundo, un eterno buscador, que va errante. Ha de hacer muchos sacrificios para encontrar ese conocimiento que busca.

Por eso, aunque muchos salen en su busca, tal vez sin saberlo, muy pocos llegan a encontrar a Odín. Cuando esto se produce, el encuentro con el Altísimo no es ni mucho menos el final del camino, sino el principio de un camino mucho más largo y desconocido de lo que creíamos. El que encuentra a Odín se convierte entonces en un eterno buscador, inicia una búsqueda interior que durará toda la vida y que ni siquiera con la muerte se terminará. Es por eso que Odín no es un dios para todo el mundo. En la Antigüedad, pese a ser el Padre de Todo, Odín no era el dios más popular entre los germanos, que adoraban sobre todo a Thor, como protector de los hombres, o a Freyr, Freyja y otros dioses de la fertilidad, más cercanos y accesibles.

Odín siempre ha sido un dios oscuro, un dios misterioso, un dios que incluso puede llegar a dar miedo. Y es que la oscuridad da miedo. Es quizás el miedo más primitivo que tenemos, cuando somos pequeños. Siempre queremos que haya una lamparita encendida, la oscuridad total nos da terror. Adentrarse en el bosque en una noche sin luna, afrontar el peligro, vencer el miedo a lo desconocido, ir más allá de lo que sabemos, asomarnos a un abismo, sumergirnos en lo más profundo, eso es buscar a Odín. Las etapas en el desarrollo espiritual y las carreteras secundarias para llegar a Él son múltiples e impredecibles.

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