Vida, Muerte y Misericordia

La manera que yo tengo de entender los Altos Poderes no es como divinidades externas a las que uno puede pedirle cosas, sino más bien como divinidades internas, que forman parte de cada uno de nosotros y a la vez están presentes en la naturaleza y son fuerzas reales. Hay una conexión real entre el microcosmos y el macrocosmos, por lo que si vemos a los Poderes Sagrados manifestarse en la naturaleza, también nosotros, que somos un cosmos en miniatura, tenemos dioses en nuestro interior. Del mismo modo que estos Poderes Sagrados nos impulsan al crecimiento espiritual, nos llevan a la trascendencia, existen fuerzas que se nutren de nuestras bajas pasiones, que se alimentan de nuestros sentimientos negativos, de nuestro odio y nuestro sufrimiento. Dentro de nosotros se da esa lucha que las diferentes religiones y filosofías han interpretado de diversas maneras. Las religiones salvíficas la interpretan como una lucha entre el Bien y el Mal, pero yo más bien creo que se trata de fuerzas caóticas que nosotros debemos equilibrar para tener orden y armonía en nuestra vida. Es una lucha entre el Orden, representado por esos Altos Poderes, y el Caos, representado por esas fuerzas salvajes devoradoras.

El Dragón de la Modernidad

En el mundo en el que vivimos todo nos impulsa al caos, a los malos sentimientos, al odio y al sufrimiento. Continuamente nos bombardean con noticias que nos enfadan, los ruidos de las ciudades nos vuelven locos, la gente va de un lado para otro, en grandes aglomeraciones, generando una sensación de agobio. Nos da la impresión de que somos demasiados en el mundo, cuando lo cierto es que toda la población mundial cabría en Texas teniendo una densidad de población como la de Mónaco. No es que el mundo esté superpoblado, es que lo hemos organizado en granjas humanas. Esto nos genera un estrés, una desesperación y un caos en nuestra vida que nutre a estos seres que se nutren de bajas pasiones, ya que probablemente estas entidades demoniacas son las que están detrás de las ideologías totalitarias y de las élites mundiales y se nutren a su vez de nuestro malestar igual que en una granja, los animales proporcionan carne, lana o huevos al granjero.

Esta situación cotidiana no ayuda a la trascendencia. Viviendo en una montaña aislada, en un monasterio o en un lugar similar, en paz y armonía con la naturaleza, evidentemente es más fácil tener bienestar y alcanzar la trascendencia que viviendo en una ciudad contaminada, en la que te despiertan ruidos de coches o de obras cada día, en apartamentos reducidos, hacinados como cerdos. Pero por desgracia es la situación que nos toca vivir a muchos y debemos aprender a cabalgar el dragón del mundo moderno en espera de que tengamos armas para poder derrotarlo. Este sin duda es el reto más difícil que tenemos en nuestros días. Miremos al mundo moderno como un dragón, al Estado y las altas finanzas como ettins, a nuestros miedos y temores como susurros de los elfos negros a nuestro oído, y afrontemos el desafío de enfrentarnos a todo eso, como Sigfrido se enfrentó con el Fafnir. Aprendamos la lengua de los dragones para poder sobrevivir en espera de que se den las circunstancias en las que podamos vencer.

héroe matando dragón

La Vida y la Muerte

Toda esta situación nos ha llevado a tener una concepción distorsionada de la vida y la muerte. Hay quien piensa que la vida es una pesada carga y la muerte es una liberación. Esta idea está muy influida por el cristianismo, que ve la vida como un valle de lágrimas y la muerte como la entrada a la vida eterna y la Salvación del alma. Sin embargo nuestra concepción nativa europea es optimista y ve la vida como algo bueno, como la única oportunidad que tenemos de progresar y mejorar, de evolucionar, por lo que debemos vivirla con entusiasmo y alegría. Nos han educado en la idea del Pecado y la Redención y en el hecho de que nacemos con un Pecado Original y que debemos buscar un Salvador para alcanzar el Paraíso. Esto nos ha llevado a un desequilibrio en nuestra alma europea.

Desde mi punto de vista la vida y la muerte son tan sólo una ilusión, una consecuencia del hecho de que sólo percibimos una pequeña parte de las cosas, de nuestra propia existencia. Existe una transición entre una forma de existir a la que llamamos vida y otra forma de existir a la que llamamos muerte. Poco sabemos de la vida, menos aún de la muerte. Pero intentaré dar mi visión de este asunto.

La concepción odinista del tiempo, a diferencia de la concepción platónica/cristiana a la que estamos acostumbrados (Pasado-Presente-Futuro) es una sucesión de Acciones en Transcurso y Acciones Finalizadas. Esta sucesión es cíclica, como nos explica el mito de las Nornas, que riegan el Yggdrassil con agua del Pozo de Urd y luego vuelve al pozo en forma de rocío. Al igual que existe una diferencia entre la concepción odínica del tiempo en Acciones Finalizadas-Acciones en Transcurso-Acciones Finalizadas, diferente de la sucesión lineal de Pasado-Presente-Futuro; también entiendo que existe un ciclo de Muerte-Vida-Muerte y no una sucesión lineal de Nacimiento-Vida-Muerte-Resurrección, como establece el cristianismo.

Nornas 3

Lo que llamamos vida es, evidentemente, la Acción en Transcurso, mientras que lo que llamamos muerte es la Acción Finalizada. La vida es nuestra estancia el Miðgarð, nuestra existencia consciente, en movimiento, que parte de las Acciones Finalizadas que nos llegan por la memoria genética y cultural de nuestros antepasados, pero que nos permite actuar, evolucionar, aprender, mejorar… durante el tiempo que estamos aquí. La muerte es nuestra estancia el Helheim, nuestra existencia en el Reino de los Muertos, donde creo que debemos estar en un estado de stasis. Cuando estamos vivos tenemos energías creadoras y destructoras, materiales y espirituales, bajas pasiones y elevados sentimientos, fuego y hielo… porque el Miðgarð es el único plano cósmico que está en movimiento, frente al resto de los mundos del Yggdrassil, que son absolutos, por eso está en medio de todos ellos. Así es la existencia en Miðgarð, que es la única forma de existencia que conocemos y por lo tanto imaginar cómo ha de ser existir en otro plano nos resulta muy complicado.

9 mundos nórdicos 2

Cuando existimos en Helheim estamos en un estado de stasis, como se llama en matemáticas al estado en el que todas las fuerzas son iguales y opuestas, cancelándose recíprocamente. Esto se conoce como la teoría de la estabilidad y es muy importante en la física y las ciencias aplicadas. En Helheim existe un equilibrio absoluto, una gran calma. Me imagino esa forma de existir como una en la que no sentimos deseo ni tampoco sufrimos, no sentimos dolor ni tampoco placer, no sentimos odio ni tampoco amor, etcétera. Por supuesto todas las formas de existencia más allá del Miðgarð son formas de existencia fuera del espacio y del tiempo, por lo que lo más parecido al tiempo es una sucesión de pensamientos. Supongo que cuando morimos llegamos con la agitación de la vida a Helheim, esta agitación será menor si hemos muerto en paz, tras una vida larga, de manera tranquila y sosegada, con una vejez apacible, etcétera. Será una agitación mucho mayor si nuestra muerte ha sido violenta, inesperada, en medio de una gran agonía y un gran desasosiego, en medio del miedo a morir, con la intranquilidad de dejar cuentas pendientes por hacer…

Tras estar llegar a Helheim poco a poco nos vamos calmando, poco a poco esa agitación se va frenando, esa actividad se va deteniendo y finalmente alcanzamos el estado de stasis y nos detenemos completamente, estando en un equilibrio absoluto. En la naturaleza es el calor lo que agita las moléculas y hace que se muevan, el frío por el contrario las detiene. Cuando se alcanza el cero absoluto (0 K, equivalente a -273 ºC) se llega al nivel de energía más bajo posible por lo que las partículas, según la mecánica clásica, carecen de movimiento. Por eso Helheim se representa como un lugar frío, oscuro y sombrío. Muchos incluso creen que Helheim es un plano dentro de Nifelheim, el reino del frío y los gigantes de hielo. El hielo simboliza la energía latente, que se ve activada con la chispa creadora de vida, representada en Muspelheim. Del mismo modo, cuando alcanzamos la existencia en estado de stasis, estamos en un estado de energía latente, pero en un equilibro absoluto y en un estado de total quietud.

Hela vs Hades

Hela y Hades. La idea del Inframundo está presente en todas las mitologías europeas

Puede darse el caso de que, después de la muerte, la persona esté tan agitada, tan aferrada a cuentas pendientes, que no abandonen totalmente el Miðgarð, se queden a medio camino, entre los dos planos, como seres interdimensionales. Sería lo que conocemos como espectros, fantasmas, muertos vivientes… seres atrapados entre las dos formas de existencia, que no están ni vivos ni muertos. En el camino a Helheim, una persona puede perderse por en el Reino de los Elfos Oscuros, Svartalfheim. Según los mitos, se accede a las entrañas de la Tierra por las cavidades de las montañas, por las grutas, por las simas profundas… Los elfos negros, elfos oscuros, dvergar, tuergos, gnomos, etcétera (son diferentes palabras para hacer referencia al mismo tipo de seres) representan las fuerzas telúricas de la tierra pero también la creación material y la industria pero también representan las bajas pasiones. Mucha gente al morir, demasiado atada a su existencia material o a sus bajas pasiones, quedará atrapada en ese mundo y no llegará a Helheim, por lo que no alcanzarán el estado de stasis y por ende el equilibrio absoluto, hasta que se desprendan de esos sentimientos o de su materialismo. La palabra nórdica dvengr, que yo traduzco por tuergo pero que solemos traducir por enano, en realidad significa “torcido” o “deforme”, que en mi opinión hace referencia a algún defecto espiritual, a una deformación.

Lo normal, desde mi punto de vista (evidentemente todo esto es una creencia, nadie sabe qué ocurre cuando morimos) tras un periodo de stasis, nuestra energía latente volverá a despertarse, volverá a la vida, reencarnándonos en nuestro mismo linaje de sangre o kindred. Es un ciclo por lo tanto de Muerte-Vida-Muerte, similar a la rueda de las reencarnaciones en el hinduismo. En la tradición védica hablan de que algunos individuos pueden alcanzar el Nirvana, la iluminación. En nuestra tradición ocurre algo similar. Podemos alcanzar la trascendencia, los Æsir, los Altos Poderes, representan a mi entender los más altos niveles de la consciencia. Es posible alcanzar tal nivel de trascendencia que ya hayamos aprendido todo lo que teníamos que aprender cuando finalice nuestra vida y lleguemos a Asgard.

Los niveles más altos de la consciencia son Vanaheim, la morada de los Vanir, Ljusalfheim, la morada de los elfos de la luz, y Asgard, la morada de los Æsir. Los Vanir son espíritus benéficos de la naturaleza, un nivel más elevado que los elfos de la luz, que representan los sentimientos más elevados, la bondad, la armonía… en un nivel aún más elevado, o elevado pero de naturaleza diferente, según lo queramos considerar, están los Æsir y sobre ellos reina Odín, cuyo nombre significa maestro del éxtasis divino. Todos los Poderes Sagrados son de naturaleza trascendente, pero Odín es el dios de la trascendencia misma.

En definitiva, si en nuestra vida nos dejamos llevar por nuestras bajas pasiones, deformamos nuestra alma, nos corrompemos más y más, hasta llegar al punto de alejarnos por completo de lo espiritual, al morir seguiremos la inercia de lo que hemos hecho en vida. Puede que nos aferremos a cuentas pendientes, puede que nos aferremos a lo material y nos perdamos en el reino subterráneo de los elfos negros o puede que sencillamente lleguemos a Helheim con una gran agitación y allí, poco a poco, nos vayamos calmando hasta llegar al estado de stasis y que trascurrido un tiempo volvamos al Miðgarð reencarnados. En cambio si orientamos nuestra vida hacia objetivos elevados, si buscamos la trascendencia, podemos alcanzarla de diversas formas.

Odín entre las nubes

Hay personas que tienen una gran bondad, que tienen una pureza de espíritu tal que nos iluminan con su luz, como los elfos de la luz, y por lo tanto vayan a Ljusalfheim. Otros buscarán lo que se suele llamar “entrar en comunión con la Naturaleza”. Esta sería una versión pagana del Camino de la Mano Derecha que buscan algunas religiones como el cristianismo o el islam, para las cuales el creyente que tiene una vida de santidad, se funde con Dios, como una gota se funde en el mar. Tal vez la gente que es muy naturalista pueda lograr la trascendencia de esta forma y convertirse en un espíritu benefactor de la naturaleza, morar en Vanaheim.

Por otro lado, otras personas optarán por el Camino de la Mano Izquierda, que las religiones abrahámicas consideran satánico, pues en lugar de aspirar a fusionarse con la divinidad, la persona busca la inmortalidad, busca perdurar como individuo más allá de su muerte. La gente que destaca por la música, el arte, la literatura… que es capaz de crear algo que trascienda a su propia existencia, puede acabar en Folkvanger con Freyja, quienes han sido grandes guerreros y mueren en combate con honor, con heroísmo, en Valhöll, el Salón de los Muertos, como un einheri o una valquiria los que han logrado hacer grandes cosas con una vida de trabajo, siendo personas humildes, pueden acabar en Bilskirnir con Thor, etcétera. La mitología nos muestra, con las moradas de los dioses, que hay muchas formas de alcanzar la trascendencia y llegar a los niveles más elevados de la consciencia.

La Justicia

Esta visión de que al morir seguiremos la inercia de lo que ha sido nuestra vida implica que no hay premio ni castigo tras la muerte, ni tampoco un Juicio Final. La visión de las religiones abrahámicas entiende que el Paraíso es un premio y el Infierno un lugar de tormento eterno, que todos somos pecadores y algunos, si se arrepienten de sus pecados, tras un mayor o menor tiempo en el Purgatorio, dependiendo de la gravedad de estos, irán al Paraíso donde gozarán de la Gloria Eterna. Otros, en cambio, recibirán la Condenación Eterna en el Infierno. Se entiende, según esta visión cristiana, que hacer penitencia en vida nos ayuda a redimir los pecados y a que nuestra estancia en el Purgatorio sea menor. De esa forma la teología cristiana explica que las personas que sufren grandes desgracias en vida, o una larga enfermedad, están redimiendo sus pecados y por lo tanto llegarán antes al Cielo. En las historias de los santos se nos cuenta que estos sufren los peores tormentos y más mayores tentaciones, porque Dios los pone a prueba para que se hagan merecedores de la santidad.

Este contraste entre la visión nativa europea, en la que no existe el pecado y por lo tanto tampoco la Salvación o la Condenación, con la visión cristiana, tiene más implicaciones que las meramente filosóficas o teológicas, ya que nuestro concepto de la Justicia terrena es un reflejo de la idea que tenemos de la supuesta justicia divina. Desde una visión pagana, la Justicia es el equilibrio. Una situación injusta es aquella que rompe el equilibrio y por lo tanto dicho equilibrio debe repararse. Para la visión cristiana la Justicia es una cuestión de premios y castigos.

El concepto tradicional de la Justicia en Europa está totalmente deformado en la actualidad como consecuencia de la influencia primero cristiana y después socialista, inventando la idea de justicia social. Debemos entender primero la diferencia entre Ley y mandato, que explica de manera excepcional el profesor Jesús Huerta de Soto. La Ley es una norma abstracta, de contenido general, que se aplica a todos por igual, sin tener en cuenta circunstancia particular alguna. Se trata de leyes negativas (prohibido matar, prohibido robar…) entendiéndose que todo aquello que no esté prohibido, está permitido. Las leyes son fruto de la costumbre de los pueblos, por lo que el Derecho es anterior al Estado (de hecho el Estado es el principal trasgresor del Derecho). Un mandato, por el contrario, procede del Parlamento (adoptando el nombre de ley aunque no es una Ley), del Gobierno (un decreto) o de cualquier otra autoridad y es de carácter específico, de contenido concreto, que ordena hacer cosas determinadas en circunstancias particulares. Es una ley positiva, es decir, regula algún aspecto (por ejemplo la ley del aborto, permite abortar pero sólo en las condiciones que marca la ley y no en ninguna otra circunstancia).

La diferencia entre la Justicia (con mayúsculas) y la justicia social es que mientras que la primera emana de la Ley, será justo todo comportamiento que esté dentro de la Ley y se juzgará como injusto todo comportamiento que viole la Ley; la justicia social es una corrupción del concepto de Justicia, es la impresión más o menos emotiva que produce en la persona que está juzgando un momento concreto del proceso social, de manera arbitraria. Por ejemplo, en un entorno de Ley en el que impera la Justicia, robar está prohibido y si alguien roba (no importa sus circunstancias) deberá reparar el daño causado a la persona que le robó, porque ha roto el equilibrio. Sin embargo, en un entorno de mandato en el que impera la justicia social, si un hombre es rico y otro es pobre, aunque el rico se haya hecho rico trabajando y el pobre sea un holgazán, se entenderá que es un acto de justicia social quitarle parte de lo que tiene al rico para dárselo al pobre. La justicia social rompe con cualquier seguridad jurídica, porque ya no se juzga de acuerdo a la Ley sino de acuerdo a impresiones. En nombre de la justicia social se justifican los actos más injustos, se juzga de diferente manera a una persona que pertenece a un colectivo que se considera oprimido frente a otra que pertenece a un colectivo que se considera privilegiado, con independencia del comportamiento que hayan tenido con arreglo a la Ley.

Forseti en un juicio

Forseti, dios de la Justicia, la paz y la verdad, preside las disputas resolviéndolas mediante la mediación.

En las sociedades europeas de la Edad del Hierro, antes de la aparición del Estado, existía la Justicia y se entendía que el objetivo era reparar el daño causado y restaurar el equilibrio, no castigar al infractor. Por eso la mayoría de las sentencias consistían en un pago económico, en realizar un trabajo… y no existía la cárcel ni la idea de la reinserción social. Si un individuo era tan antisocial que su mera presencia se volvía insoportable, se le declaraba proscrito, es decir, quedaba fuera de la Ley y por lo tanto dejaba de estar bajo la protección de esta. Cualquiera podía matarle o causarle daño sin infringir la Ley, pero no existía la pena de muerte como tal. Lo normal ante un crimen grave era un destierro temporal, que podía volverse perpetuo en caso de ser un crimen muy grave. Solo en circunstancias excepcionales se ejecutaba a alguien, cuando era una verdadera amenaza para los demás. Los sacrificios humanos que la Iglesia atribuyó a los paganos realmente eran ejecuciones a criminales, igual que hoy se les sacrifica en nombre del Estado providencia en los países donde hay pena de muerte, antes se les sacrificaba a los dioses. Se trataba de personas que habían cometido un crimen tan horrendo que la única manera de restaurar el equilibrio era matándolos.

Týr

Týr es el dios al que se ofrecían los condenados

Con esto quiere decir que el impulso que muchas veces sentimos de castigar a ciertos delincuentes con crueles castigos, con torturas, para que sufran como se merecen no es más que una rémora cristiana. El cristianismo, por un lado, nos exhorta a poner la otra mejilla y aceptar los agravios, pero por otro entiende el suplicio como una redención del pecado cometido. Se tortura y se mata con tremendo dolor a una persona (por ejemplo quemándolo en la hoguera) para que se purifique y para que su dolor sea su penitencia en la tierra, antesala de la penitencia que le espera en el Purgatorio o el Infierno. Así es que en cierta forma, cuando pensamos que un criminal especialmente repugnante (un pederasta, un violador, un terrorista…) se merece sufrir, realmente estamos asumiendo la concepción cristiana de que ha cometido un pecado y merece un castigo.

Debemos preguntarnos ¿a quién beneficia esto realmente? ¿Por qué nuestros antepasados tenían otro concepto? Pues bien, tan antinatural es poner la otra mejilla y tolerar los agravios como el sadismo y la crueldad castigando al criminal, por muy despreciable que este sea. No importa lo que haya hecho, por despreciable que sea su crimen, al recrearnos en su sufrimiento lo que estamos haciendo es corrompernos a nosotros mismos, alimentar nuestra bajeza, sentir placer con el dolor ajeno, lo cual es contrario a la empatía natural del ser humano, cultivar en definitiva nuestras bajas pasiones. Del mismo modo que si aceptamos que nos agredan y no hacemos nada, si perdonamos al otro sin que haya reparación, no estamos restaurando el equilibrio. La Justicia de verdad es el equilibrio. Si una persona es tan depravada como para haber violado a otra persona, abusado de un niño, asesinado de manera cruel, torturado o cometido cualquier acto repugnante del tipo que sea, esa persona debe ser eliminada, debe morir porque es un peligro para los demás, pero debe hacerlo de forma rápida y sin suplicio, igual que nuestros ancestros ejecutaban decapitando o matando de una manera rápida al criminal.

Torturar a un criminal, ya sea de manera física o psicológica, encerrándolo en una prisión, no hará que pague su deuda con la sociedad, puesto que de esa manera no se repara ningún daño causado, sino que, consciente o inconscientemente, lo que queremos es que redima sus pecados. Si somos felices con el sufrimiento ajeno alimentamos lo peor de nosotros mismos. Da igual si el criminal merece o no sufrir, el hecho de que pensemos que alguien merece sufrir es fruto de que creemos que ha cometido un pecado y ahora le corresponde la penitencia. No se trata de eso, sino de que una persona que ha cometido un acto tan abominable, ciertamente ha perdido toda humanidad que pudiera tener. Es un ser degenerado hasta el extremo, es imposible que su alma tenga paz, es imposible que tenga equilibrio y debe morir porque es peligroso para los demás, no porque lo merezca o no, da igual si se arrepiente o no, debe morir pero matarlo no ha de ser un acto de sadismo sino de misericordia.

Si matamos a alguien movidos por el odio o el resentimiento el acto de matarlo tal vez nos dé satisfacción a corto plazo, pero no va a reparar nada de lo que esa persona nos haya hecho a nosotros o a otros. No habrá restauración del equilibrio, es más, ahondaremos más en la furia, en el odio, en el sufrimiento que esa persona nos ha causado, por lo que haremos más grande ese desequilibrio. Por el contrario si matarlo es un acto de piedad, como se sacrifica a un animal que sufre, estaremos más cerca de restablecer el equilibrio roto, pues estaremos proyectando nuestros sentimientos elevados, nuestra compasión, nuestra piedad. Por eso ha de ser una muerte rápida y sin dolor. Sencillamente tiene que morir.

Creo que esta es la actitud que debemos tomar ante la maldad del mundo, ante tantas cosas que vemos día a día que nos enfurecen. Cuando vemos el terrorismo, las violaciones, los actos más viles y despreciables, debemos tomarlo como una oportunidad para hacer lo que es correcto. No podemos responder al caos con más caos, sino que debemos entender que se ha de restablecer el orden. El verdugo encargado de torturar o hacer sufrir a alguien, por despreciable que esta persona sea, se irá volviendo más y más insensible, irá degenerándose más. En cambio, una muerte rápida y libre de odio, no como un castigo sino como algo que es necesario hacer para restaurar el equilibrio, nos libra de este sentimiento de rencor, de ese sufrimiento y nos permite seguir adelante con nuestra vida. Los elfos de la luz son demasiado puros para concebir la tortura, parezcámonos a ellos.

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