El Fin de los Estados-Nación

A lo largo de la Historia las civilizaciones nunca caen de un día para otro, su caída se trata de un proceso largo de decadencia hasta su hundimiento definitivo. El Imperio Romano comenzó a resquebrajarse en el siglo III y Roma cayó en el siglo V, aunque podemos decir que aún existía el Imperio hasta el siglo XV en la zona oriental. La Cristiandad, siendo algo más difuso, se inicia con la coronación de Carlomagno en el siglo IX, queda herida de muerte con la Reforma en el siglo XVI y sucumbe con la Revolución Francesa en el siglo XVIII. La Modernidad que ha venido después entró en crisis en mayo de 1968 y podríamos decir que tras la caída de la Unión Soviética y el fin de la Guerra Fría, desde los años 90 en adelante vivimos en una suerte de post-Modernidad. En otras palabras, nos ha tocado vivir una época de colapso de una civilización pero en el que la nueva aún no ha surgido, de ahí el nihilismo, la desesperación y la proliferación de ideologías salvíficas que son una versión materialista y pseudocientífica de las herejías de antaño.

Una de las consecuencias de esto es la profunda crisis identitaria debido a que los Estados-nación, sostén ideológico de Occidente tras el final del Antiguo Régimen, cuando la Nación deificada sustituyó a Dios como legitimador del poder político, están en crisis. Frente a ellos parece surgir un globalismo siniestro, una idea de ser “ciudadanos del mundo” totalmente contraria a la naturaleza humana y que, por lo tanto, no puede triunfar. La respuesta a ese globalismo ha sido una pulsión identitaria, una búsqueda desaforada de las raíces y la esencia misma del hombre, pero aún estamos en la Edad Oscura en la que el viejo mundo ha muerto pero aún no ha nacido el nuevo. La época del caos, los monstruos, los demonios.

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España y la Cuestión Nacional

Inmersa en esa situación general de Occidente se encuentra España. El debate sobre la cuestión territorial en España es un debate comenzó ya en el siglo XIX y que no se ha resuelto, porque no se trata simplemente de un debate sobre qué manera de administración es más eficaz, sino que se trata de la muestra externa de una cuestión existencial mucho más profunda: la cuestión nacional. No es España el único país donde esto se produce, pero en nuestro caso este problema es especialmente acusado y nunca se ha resuelto de manera satisfactoria. Antes de plantear soluciones sobre el papel, es preciso darle una respuesta a la pregunta más profunda que subyace en esta cuestión: ¿qué es España? ¿Una nación? ¿Una nación de naciones? ¿Un término puramente geográfico en el que conviven diferentes naciones? De ser así ¿cuáles son estas naciones? ¿En base a qué criterios determinamos qué es una nación? Dado que en el mundo moderno la Nación es lo que legitima el orden político, estas cuestiones son equiparables a las discusiones teológicas medievales.

Hemos de tener en cuenta que España no es Estados Unidos, no es una nación política en el sentido moderno. No nace en un momento determinado, no hay una declaración de independencia ni se puede tomar una Constitución como el punto de partida como en el caso americano. Es completamente absurdo decir que España no existía hasta 1812 cuando las Cortes de Cádiz la definen como nación en un sentido jurídico, mucho más lo sería decir que no existía hasta 1978. Es evidente que España es preexistente y por lo tanto el patriotismo constitucional no sirve para nada en nuestro caso (y tampoco, dicho sea de paso, en el caso de los demás países europeos). España surge de un proceso histórico, no es una nación cívica basada en los derechos políticos o en unos valores constitucionales. España no es un DNI. Pero tampoco la podemos considerar una nación étnica porque resulta evidente a poco que se conozca la realidad del país que España es un país multiétnico. Esto naturalmente no entra en el esquema de nación liberal que sustenta el mundo moderno, de ahí todos nuestros problemas y nuestros fallidos intentos por hacer compatible la Nación española, una e indivisible, con la nación gallega, catalana, vasca…, cosa que nunca podremos lograr porque sería como hacer compatible el monoteísmo cristiano con el politeísmo pagano.

Si disociamos el Estado de la Nación, es decir, si dejamos de considerar el Estado-nación moderno como la base de todo; este problema intelectual aparentemente irresoluble pasa a ser bastante fácil de resolver. La diversidad étnica de España es algo que difícilmente puede cuestionar nadie. Cada región de España tiene una personalidad propia muy acusada, la Hispanidad de cada grupo étnico es peculiar, pero el carácter hispánico, cuando uno lo entiende en su dimensión más profunda, puede reconocerse en todos ellos. La Unidad y la Pluralidad no son antagónicas, podemos establecer que, como diría Guido von List, España es una multiplicidad-multiúnica-multífida: de muchos, uno.

Dicho de otro modo, la existencia de diversas etnias en nuestro suelo peninsular no es incompatible con el hecho de que todas ellas pertenecen a una misma raíz común que es España. España es la patria raíz de diversas patrias carnales, del mismo modo que nuestra Madre Europa es un sustrato común más amplio. Así como la individualidad de una persona, su personalidad individual, no es incompatible con el hecho de que esta persona se integra en una Comunidad; las comunidades pueden ser parte de comunidades mayores sin perder por ello su personalidad propia. Solo el colectivismo totalitario que considera a los individuos simples unidades indiferenciadas de una masa, con independencia de la forma en el que este se presente; o el egoísmo más extremo que niega incluso la propia existencia de las comunidades, pueden cuestionar esto.

El Estado-nación, en su propia concepción, aspira a ser totalitario incluso aunque se presente como garante de las libertades democráticas. Totalitario en cuanto a la identidad misma del individuo, al que aspira a uniformar y a convertir en una unidad indiferenciada, en un ciudadano romano. Mucho más lo es el globalismo y la idea de ser ciudadano del mundo. En la práctica esto destruye la Comunidad, que es lo natural, y la sustituye por el Estado, haciendo que el individuo deje de ser persona y pase a ser una unidad indiferenciada de la masa. En la concepción tradicional, cuando naces recibes un nombre, te conviertes en Persona, en un individuo diferente de los otros; pero naces en una familia, en una comunidad, y eres parte de ella. Para la Modernidad, en cambio, eres un DNI, un número de la Seguridad Social, un votante, un cliente, un consumidor, un espectador… una pieza intercambiable por otras dentro de una gran masa. Un NPC de un videojuego. Esto hace que, dado que el cerebro humano está concebido para una identidad tribal, cuando la masa es demasiado amplia la identidad se diluye y se llega a un individualismo extremo que deshumaniza completamente las relaciones.

Soberanía Nacional, Democracia y Partidos Políticos

Si aceptamos esto como verdadero, no tendremos más remedio que aceptar que la idea de soberanía nacional es una aberración. La Modernidad no entiende a la nación como la suma de los individuos que la componen, sino como un todo unificado cuya supuesta voluntad colectiva está por encima de la voluntad individual de sus miembros. El 51% de tus vecinos (en la práctica, debido al sistema electoral, es un porcentaje aún menor) pueden decidir sobre tu vida y hacienda en una democracia. En una dictadura ni siquiera hace falta que sea el 51%, puede ser un pequeño grupo que se erige en representante de la voluntad popular con la excusa que sea. Rechazando la soberanía nacional como idea, todo el edificio ideológico de la Modernidad se nos viene abajo instantáneamente.

Una vez hecho este razonamiento y, volviendo al caso particular de España, no tenemos más remedio que rechazar tanto el nacionalismo español como los nacionalismos alternativos que han surgido en ciertas regiones desde el siglo XIX en adelante pues ambos, aunque se disfracen de movimientos identitarios, aunque agiten banderas y apelen a la patria y a sentimientos muy profundos, aunque digan defender la comunidad… no son sino hijos de la Modernidad y de la idea de soberanía nacional. En otras palabras, aspiran a establecer una concepción totalitaria de la identidad. Debemos rechazar la idea misma de Estado-nación, es indiferente si se trata de un Estado basado en la nación española o en la nación catalana. Pero por el mismo motivo debemos rechazar el globalismo, pues si ya es grave esta tendencia totalitaria en un país o una región, mucho más lo es a nivel mundial, tratando de diluir todas las identidades, todas las culturas y todas las razas que integran nuestra especie para convertir la Tierra en una granja humana.

La gran estrategia para conseguir dicha granja humana es dividir artificialmente a las personas en partidos políticos. No debemos participar en el sistema de partidos, ni formar uno propio, ni tener nada que ver con ellos, pues no son un instrumento útil contra esos proyectos totalitarios y homogeneizadores. Todos, sin excepción, son hijos de la Modernidad. Debemos rechazar el nacionalismo catalán de ERC o de CiU y el nacionalismo vasco del PNV, pero también el nacionalismo español de VOX o de partidos autodenominados tercerposicionistas, herederos del fascismo o de ideologías parecidas. Debemos rechazar el internacionalismo proletario marxista, tanto en su vertiente comunista (Podemos, Izquierda Unida…) como en su vertiente socialdemócrata (PSOE); pero también rechazar el globalismo liberal de Ciudadanos. No dudo que haya gente bienintencionada en los partidos políticos, pero los partidos en sí no son una herramienta que podamos utilizar.

Sobre la Organización Territorial de España

Todo lo expuesto hasta ahora es una cuestión teórica, filosófica si queremos llamarla así, sobre qué es España. No he dicho nada sobre cómo esta realidad debe articularse políticamente. Creo que en la idea de que España es la patria raíz de diversas patrias carnales y que a su vez pertenece a un tronco común que es Europa, es relativamente fácil que se establezca un consenso. Bajo esta premisa caben muchas maneras de organizarse políticamente: desde un Estado español centralizado hasta una España compuesta por un mosaico de Estados independientes; desde unos Estados Unidos de Europa hasta una Europa formada por pequeños principados y ciudades-Estado.

Desmontado el concepto de Estado-nación ya podemos debatir esta cuestión de manera desapasionada, puesto que se trata de una mera cuestión administrativa. Se trata de discutir qué manera de organización es más eficaz, es capaz de ofrecer mejores servicios y en definitiva es más adecuada; sin entrar en cuestiones identitarias porque ya, previamente, hemos disociado la Nación del Estado y por ende hemos disociado la cuestión identitaria de la organización política. Mi idea sobre cómo debería organizarse España es una cuestión demasiado extensa para tratarla en este artículo. Baste decir, a modo de esbozo, que creo que el modelo foral vasco-navarro es el que mejor se ajusta a nuestra tradición política y el que mejor ha funcionado, por lo que lo generalizaría al resto de provincias; sustituyendo las actuales Comunidades Autónomas por algo parecido a las mancomunidades provinciales que se estaban empezando a ensayar antes de la dictadura de Primo de Rivera. Todo ello en el contexto de una Europa confederal y descentralizada.

 

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Acerca de josemvisigodo

Licenciado en Historia por la Universidad de Granada con un máster en Claves del Mundo Contemporáneo y otro en Profesorado de Educación Secundaria. Apasionado de la Edad Media y en especial de la época de los reinos germánicos de la Alta Edad Media y de los visigodos en particular. También me interesa la historia de las religiones y del pensamiento.
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